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Por Hib
• La experiencia de una madre
con el Haemophilus influenzae tipo b
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La experiencia de una madre
con el Haemophilus influenzae tipo b
Escrito por Peggy Archer, RNC, licenciada en enfermería
Reimpreso de "Michigan Immunization Update," invierno de 1998.
Publicado por Michigan Department of Community Health (Departamento de Salud Comunitaria de Michigan).
En 1989, la vacuna contra el Haemophilus influenzae tipo
B era relativamente nueva y todavía no era rutinaria. Yo sabía que
la vacuna estaba disponible, pero como era una madre muy ocupada,
todavía no había ido al departamento de salud para que administraran
la vacuna a mi hija de dos años, Sarah. Siempre me arrepentiré por
no haber actuado antes y por la angustia que esto causó.
Como enfermera licenciada, me sentía segura a la hora de tratar los resfriados y estornudos de Sarah sin tener que llamar a nuestro pediatra. No me alarmé cuando, una tarde de marzo, una infección de las vías respiratorias superiores de Sarah se convirtió en una tos ronca y fiebre. Le di un baño tibio y acetaminofén para controlar la fiebre. Para aliviar la tos transformé el baño en una sala de vapores y me senté sujetándola hasta que estuve convencida de que se encontraba mejor. Con el vaporizador al lado de su cama, la puse a dormir con la idea de llevarla al pediatra por la mañana. Yo me fui a la cama, pero al cabo de una hora me despertó mi marido preocupado. La respiración de Sarah se estaba volviendo más forzada y empecé a preocuparme de verdad. Estaba claro que Sarah necesitaba atención médica inmediata en la sala de emergencias de un hospital.
Mientras salíamos de la casa, mi marido Eric, refunfuñó un poco por tener que llevar a un niño a la sala de emergencias en plena noche, para que la visitaran debido a un simple resfriado. En ese momento supe lo que le pasaba a Sarah. Fue como si Dios quisiera borrar cualquier duda instigada por la falta de urgencia de Eric. Mientras preparaba a nuestra hija para el viaje en auto, le dije a Eric que Sarah podía estar sufriendo epiglotitis, una afección en la cual la epiglotis se inflama tanto que puede bloquear completamente el paso del aire. Debió de ver el miedo en mis ojos, porque no hizo preguntas. En un momento, estábamos yendo a toda prisa de camino hacia el hospital. Los 25 minutos del trayecto parecían horas mientras miraba como el estado de Sarah se deterioraba ante mis ojos. Incluso en la tenue luz de nuestro auto, podía ver como cambiaba el color de su piel de rosado a un azul pálido y luego a un azul oscuro. Al no poder tragar las grandes secreciones estancadas en la boca, empezó a babear. Mientras luchaba por respirar, empecé a preguntarme qué instrumentos tenía en mi bolso para realizar una traqueotomía.
El médico de emergencia confirmó mis sospechas de que se trataba de
epiglotitis. Llamaron a un pediatra y a un otorrinolaringólogo y decidieron
que debían llevar a Sarah al quirófano inmediatamente para intubarla
y posiblemente practicarle una traqueotomía. El pediatra explicó que
Sarah se encontraba en un estado grave debido probablemente a una
infección por la bacteria del Haemophilus influenzae tipo
B (Hib). Finalmente, añadió que su enfermedad podía haberse prevenido
con una vacuna. Me sentí abrumada con pensar que mi negligencia había
provocado esto.
de nuevo a tapa
Llegó el anestesiólogo que iba a asistir a los otros médicos al departamento de emergencias. Yo había trabajado con él en varias ocasiones y sabía que era seguro de sí mismo y que nada lo inmutaba. Mientras evaluaba a Sarah de forma rápida y silenciosa, apareció en su rostro una expresión de extrema preocupación. Se volvió ansioso y empezó a caminar nerviosamente mientras esperábamos que el personal preparara a Sarah para el quirófano. Su estado era mucho peor de lo que había pensado, y me aterrorizaba pensar que podía perderla.
Después de dejar a Sarah, me dirigí a la conocida unidad de enfermería de cuidados intensivos donde yo trabajaba como enfermera de plantilla en busca de apoyo. Justo cuando Eric y yo llegábamos a la unidad, una colega nos dio la mala noticia de que habían surgido problemas en el quirófano. La garganta de Sarah estaba tan hinchada que no podían intubarla. Su última esperanza antes de practicarle una traqueotomía era tratar de ponerle un tubo muy pequeño, del tamaño que usábamos en el departamento de puericultura para los bebés prematuros más chiquitos. Sobrellevados por la preocupación, Eric y yo nos dirigimos a la capilla para rezar. Estábamos allí más o menos una hora después cuando el equipo quirúrgico pasó por delante de nosotros llevando a nuestra niñita en una camilla hacia la unidad de cuidados intensivos. Tenía los ojos tan llenos de lágrimas que tardé un poco en darme cuenta de que la niña no tenía una traqueotomía. Habían podido introducir de forma satisfactoria el diminuto tubo endotraqueal, y le colocaron un respirador artificial para proporcionarle apoyo respiratorio.
Eric y yo estuvimos sentados a la cabecera de Sarah temiendo todavía
por su vida. Los cultivos sanguíneos confirmaron que el Haemophilus
influenzae tipo B era la causa de su enfermedad. La amonestación
del pediatra resonaba en mi cabeza. “Esto no habría pasado si le hubieran
administrado la vacuna contra el Hib”. Un sentimiento de culpa se
apoderó de mí mientras miraba como el respirador artificial bombeaba
oxígeno en los pequeños pulmones de Sarah. Además de grandes dosis
de antibióticos, las enfermeras le inyectaron un fármaco intravenoso
que la paralizaría temporalmente, para impedir que se inquietara y
se desalojara el paso del aire que necesitaba tan desesperadamente.
Yo conocía el fármaco, y por lo tanto sabía que Sarah todavía podía
sentir cada pinchada y procedimiento a la que se la sometía, pero
no podía responder. El saber que hubiese podido evitar que Sarah pasara
tal tortura era casi insoportable.
Treinta y seis horas más tarde, la hinchazón bajó lo suficiente como para sacar el tubo y colocaron a Sarah en una tienda de oxígeno humidificada. Al igual que muchos niños, Sarah demostró una capacidad de recuperación increíble y le dieron el alta en el quinto día. Ahora Sarah tiene 10 años y no recuerda la terrible experiencia que sus padres nunca olvidarán.
Hace poco empecé a trabajar en una clínica pediátrica, y me he encontrado con padres que se niegan a vacunar a sus hijos por miedo a una reacción grave. Tal vez si estos mismos padres conocieran la historia de niños como Sarah, que casi perdieron la vida por una enfermedad prevenible con una vacuna, reconsiderarían su decisión de no vacunar.
Se accedió a esta historia el 3/3/03 en http://www.immunize.org/stories/story1.htm
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